Como siempre, como tantas veces, tantas que ya había olvidado la cuenta, desatornilló el silenciador, lo guardó en su chaqueta, la negra, la compañera eterna de esos trabajos; la pistola la llevó a la parte de atrás de su cintura y, el cañón, aun caliente, le rosó las nalgas que instintivamente se apretaron en torno a su culo y se le desplazó por todo el cuerpo una sensación de calor frio, la de miedo, pero también de alegría de haber cumplido la tarea.